Pocas situaciones generan tanta frustración y culpa en la crianza como el momento en que tu hijo de dos o tres años te aparta físicamente con un rotundo «¡Tú no, papá!» o «¡Vete, mamá!». A veces, los niños pequeños muestran una preferencia muy marcada por uno de sus progenitores. Puede ocurrir al acostarse, durante el baño o cuando necesitan consuelo.
Para quien recibe el rechazo puede resultar doloroso. Quien es el «preferido», en cambio, puede sentirse cansado al tener que encargarse de todo. Es una situación que puede generar malestar en ambos.
Estas preferencias son frecuentes durante los primeros años y pueden cambiar con el tiempo. Por sí solas, no indican cuánto quiere un niño a cada progenitor ni permiten valorar la calidad del apego.
¿Por qué puede ocurrir?
Los niños pequeños están aprendiendo a expresar lo que quieren y a tomar pequeñas decisiones. Aún necesitan ayuda para aceptar que las cosas no siempre pueden hacerse como ellos desean.
También influyen las rutinas. Si habitualmente es mamá quien lee el cuento antes de dormir, puede costarles aceptar que hoy lo haga papá. Cuando están cansados, enfermos o molestos, pueden buscar especialmente a la persona con la que suelen encontrar consuelo.
No hay una única explicación para todos los niños. Observar cuándo aparece el rechazo, qué ha pasado antes y cómo responde cada adulto nos ayudará a comprender mejor la situación.
¿Qué podemos hacer si nuestro hijo nos rechaza?
- Reconocer cómo nos sentimos. Es comprensible que nos duela. Podemos hablarlo con otro adulto, evitando frases como «ya no me quieres», que hacen al niño responsable de nuestro malestar.
- Seguir estando disponibles. Podemos decir: «Sé que querías que viniera mamá. Ahora estoy yo contigo y puedo ayudarte». No es necesario convencerle de que nos prefiera.
- Compartir momentos cotidianos. Jugar, pasear o preparar la merienda juntos permite construir una relación propia. Conviene empezar por situaciones tranquilas, sin esperar a que llegue el momento más difícil del día.
- Respetar el contacto físico. Si no quiere un beso o un abrazo, podemos ofrecer cercanía de otras formas, sin forzarlo ni retirarle nuestro afecto.
¿Y si siempre quiere estar con nosotros?
Ser la persona a la que busca constantemente también puede resultar agotador. No tenemos que resolverlo todo solos, pero conviene introducir los cambios con calma.
- Preparar las transiciones. Explicar de forma sencilla quién se ocupará de cada momento: «Hoy papá te ayudará a ponerte el pijama». Si le cuesta, podemos empezar la actividad juntos.
- Dar espacio al otro progenitor. Cada uno puede tener su manera de jugar o cuidar. No necesita hacerlo exactamente igual para que el niño pueda sentirse acompañado.
- Acompañar el malestar. Podemos reconocer que nos eche de menos y mantener una organización posible para la familia. Si se desborda, necesitaremos ofrecer más apoyo y ajustar el ritmo.
- Evitar la competencia. No se trata de ver a quién quiere más. Hablar entre los adultos y acordar cómo responder ayuda a no improvisar en los momentos de tensión.
¿Cuándo conviene pedir ayuda?
Si el rechazo es muy intenso, se mantiene y dificulta mucho el día a día, conviene consultar. También si aparece de forma repentina junto con otros cambios importantes o el niño muestra miedo hacia una persona concreta.
En el acompañamiento psicológico podemos explorar qué está ocurriendo y buscar formas de ayudar al niño y a la familia. Si os encontráis en esta situación, podéis contactar conmigo para valorar qué necesitáis.
